lunes, 14 de octubre de 2019

Una historia triste de maledicencia y deshonestidad intelectual


  Usualmente no utilizo este espacio para dirimir rencillas personales, sin embargo, hace dieciséis años, cuando empezó la maledicencia contra mi persona en ciertos círculos que monopolizaban el discurso en torno al periodo comúnmente denominado como “guerra sucia,” cometí el error de seguir el consejo de amigos que sugirieron que lo mejor era no engancharme en peleas con personajes sombríos, incapaces de dar la cara o de sostener sus calumnias de frente. El haber permanecido pasiva ante esos ataques por la espalda tuvo consecuencias que rebasaron con mucho mis expectativas. Es así que he decidido no permanecer callada nunca más, por más absurda que parezca la difamación o por más problemático que sea el emisor. Es muy desagradable tener que defenderse de personas que, me consta, tuvieron grandes pérdidas o sufrimientos personales, pero si algo me han enseñado todos estos años de convivir con víctimas de procesos de violencia es que éstas no tienen por qué ser seres puros, inmaculados o moralmente intachables. El sufrimiento extremo causado por el Estado y la rectitud moral no tienen por qué conjugarse en una sola persona. Creo firmemente que debemos hacer todo lo posible por visibilizar a las víctimas de violaciones a los derechos humanos, mostrar empatía hacia ellas y ayudarlas a que sus reclamos sean escuchados y atendidos, independientemente de sus virtudes o defectos personales. Por otra parte, cuando alguien ostenta su condición de víctima como un recurso para adquirir poder y prestigio, para ejercer el chantaje moral del tipo “estas conmigo o estás en contra de las víctimas,” o para marginar o desprestigiar a otras personas por no compartir sus ideas, los afectados tienen el derecho a separar ambos niveles: respetar a la persona en su condición de víctima pero rechazar la manera en que esta abusa de su poder.
            En esta ocasión haré un breve recuento de mi relación con un personaje al que me referiré únicamente como “escritor,” debido a que sus ataques contra mí han sido hasta ahora al nivel de el rumor y la intriga, nunca públicos o de frente. El día en que él tenga el valor de hablar cara a cara lo llamaré por su nombre. Por ahora, sólo quiero dejar constancia de las razones por las que este individuo me ha hecho objeto de su odio ciego y me ha calumniado con nuestros contactos en común y con personas de su círculo de poder, buscando destruir mi credibilidad y mi nombre como una venganza por haber herido su susceptibilidad. Este texto de ninguna manera es un acto de revancha sino uno de legítima defensa. No busco que “escritor” me de la cara o me pida una disculpa. Lo único que procuro es que quienes han escuchado sus denostaciones contra mi persona y las han creído a pie juntillas por tratarse de un personaje famoso, puedan tener acceso a mi versión de la historia, especialmente aquellos que no me conocen. A diferencia de “escritor,” tengo los elementos probatorios que avalan cada una de las situaciones aquí descritas. Estoy consciente de que “escritor” es actualmente un funcionario público, ergo, un hombre de poder con acceso a los medios, mas nunca he temido a las consecuencias de exponer lo que considero es lo más próximo a la verdad.

            Los años de miel entre “escritor” y yo
            Conocí a “escritor” en un viaje a Chihuahua en el equinoccio de otoño del 2003 con motivo de la recuperación de la memoria de uno de los episodios fundacionales de la “guerra sucia.” Por mera coincidencia, fuimos compañeros de asiento en el autobús y tuvimos bastantes horas disponibles para conversar. “Escritor” me pareció un tipo simpatiquísmo, sencillo y con un gran arsenal de anécdotas entretenidas. En esos momentos yo aún no había comenzado a estudiar la “guerra sucia,” mientras que él ya se presentaba a sí mismo como uno de los poquísimos expertos en el tema. Me contó la historia familiar que lo había llevado hasta ahí y me pareció admirable la manera tan neutra en la que contaba su tragedia, sin mayor drama, lejos del duelo y con una gran vocación para hacer justicia a esa memoria. El papá de “escritor” había militado en una organización armada, había caído preso y a los dos años de haber sido liberado había sido asesinado en circunstancias oscuras. Su tía, miembro de la misma organización, había caído en combate en fechas cercanas. La familia de “escritor” había quedado anímicamente destrozada por la doble pérdida. “Escritor” fue una de las primeras víctimas colaterales que conocí de ese periodo, por lo que de inmediato me despertó una profunda empatía y aprecio. Por su parte, a “escritor” le pareció asombroso que yo supiera tanto de un tema al que sólo había seguido a través de la prensa y algunos eventos con sobrevivientes. Hablábamos un lenguaje común en medio del silencio atronador en torno a ese pasado.
Aunque “escritor” ya había publicado una novela que había alcanzado cierta fama, no estableció una relación jerárquica entre nosotros, ni la diferencia de edad o status pesaron en la amistad que comenzamos a desarrollar. Le dije a “escritor” que el viaje a Chihuahua había sido determinante para virar mis intereses académicos hacia el estudio de la “guerra sucia” y le hice saber lo importante que había sido conocerlo en ese proceso. Desde el principio lo tuve al tanto de mis pesquisas: visitas al archivo, hallazgo de documentos relevantes, entrevistas con exmilitantes y víctimas colaterales, eventos a los que asistía con familiares de desaparecidos, etc. Puesto que “escritor” no vivía en la ciudad donde todos estos acontecimientos se producían, seguía con mucho interés lo que le contaba. A la distancia, me parece obvio que esta fue una de las razones por las que me empezó a buscar cuando viajaba a mi ciudad. “Escritor” y yo desayunábamos una vez al mes o cada dos meses.
“Escritor” se convirtió en un referente fundamental para mí. Podía hablar de cualquier tema con él: mi intricada vida personal, la escena literaria del país, los acontecimientos de la política nacional y demás. Desde luego, el asunto que acaparaba nuestras conversaciones era el de la “guerra sucia.” “Escritor” se encontraba en la fase final de escritura de una de sus novelas alusivas al período y también se proponía escribir libros de carácter histórico no ficcional. En su momento no pude advertir que el interés de “escritor” por mi amistad se debía únicamente a que me veía como fuente de información. En mi infinita candidez le compartía los documentos que creía, le serían de utilidad, incluso, cuando le hablaba de documentos que había visto pero no podía reproducir por el costo excesivo de las fotocopias, él se ofrecía a pagarlas. Solo ahora puedo advertir que si yo hubiera guardado mi información bajo tres candados o hubiera pretendido que no había encontrado nada de interés “escritor” hubiera optado por ignorarme. La base de nuestra relación es que yo le mostrara admiración, le ofreciera datos y estuviera dispuesta a creer sus historias sobre ciertos personajes a los que él consideraba policías infiltrados en la izquierda. A cambio, yo recibía el beneficio de ser escuchada dos horas al mes por él, el escritor. Por su parte, él nunca me compartió un solo documento y sólo me condujo con uno de sus contactos relacionados con el tema. Se jactaba de tener una gran investigación tras de sí, pero casi nunca me revelaba detalles al respecto. Incluso, comencé a sospechar que algunas de sus fuentes eran ficticias, pues no correspondían con ninguno de los otros registros.
A los pocos meses de tratarnos yo le proporcioné a “escritor” el documento que probaba que su padre y su entonces pareja habían llevado a la policía y el ejército a una casa de seguridad de su organización, donde cinco militantes fueron acribillados y se encontraron los papeles con la ubicación de un campamento guerrillero. Inicialmente escéptico, “escritor” terminó por reconocer que su padre había sido salvajemente torturado y por eso había revelado la ubicación de la casa. Incluso participó en un recorrido que organicé en la casa en febrero de 2004 y llevó a sus hermanos. Jamás percibí ningún indicio de que “escritor” estuviera molesto por el hecho de que yo narrara públicamente cómo cayó la casa. De hecho, acordamos que una delación voluntaria y una confesión bajo tortura tienen un significado muy diferente y distinto peso moral.
Poco tiempo después encontré las evidencias que a mi parecer probaban contundentemente que el papá de “escritor” había sido ejecutado por su organización al ser considerado un traidor por haber llevado a las fuerzas represivas a la casa. Escritor ojeó los documentos, me escuchó con un gesto muy serio y dijo, palabras más o menos: “nunca he creído en esta versión del ajusticiamiento interno. Me parece una posibilidad entre muchas, pero yo seguiré defendiendo la versión que he sostenido toda la vida de que fue la Brigada Blanca, pues a estas alturas no me puedo echar para atrás.” En ningún momento “escritor” expresó enojo contra mí. Yo le dije categóricamente: “Me parece importante que se reconozca quiénes fueron los ejecutores de tu papá y su pareja, no para que te vayas a pelear con ellos ni para que los metan presos, sino porque es la historia y no podemos cambiarla. Finalmente, ¿qué interés iba a tener la Brigada Blanca en matar a tu papá después de que la policía lo liberó?” “Escritor” respondió: “nunca me habían hecho esa pregunta.” No volvimos a tocar el tema, pero asumí tácitamente que él mantendría su versión y yo la mía. El jamás condicionó nuestra amistad a que yo adoptara su versión.
A mis 24 años no entendía la complejidad de la situación. La organización guerrillera en cuestión había sido absolutamente congruente con sus principios político-militares en torno a ajusticiar a aquellos que consideraba traidores. Por otra parte, el proceder del aparato de seguridad en aquellos años era tan sucio que había elementos para no creerles cuando manifestaron a la prensa que la doble ejecución había sido un ajusticiamiento interno. Las familias se quedaron con la duda sobre lo que había pasado. Intelectuales reaccionarios y sin calidad moral se habían regodeado señalando que los guerrilleros asesinaban a sus propios compañeros. “Escritor” había reaccionado defendiendo el honor de su padre, a quien consideraba un héroe que abandonó a su familia en la persecución de la utopía, convertido en mártir a manos de la siniestra Brigada Blanca. La idea de que su padre fuese visto y tratado como traidor le parecía inaceptable, pues rompía con la biografía familiar que él había construido desde su adolescencia.
Nunca imaginé que todos los actores mencionados iban a terminar aborreciéndome por haber investigado esos hechos con todo el profesionalismo del que era capaz. Como historiadora yo sólo quería hacerle justicia a la verdad. Al margen de que los ejecutados sean vistos como héroes por algunos y como traidores por otros, lo cierto es que fueron individuos comunes puestos en circunstancias límite. Al entregar la dirección de la casa ellos sabían que, si sobrevivían a la tortura y la cárcel, los matarían sus compañeros porque ese era el pacto que habían suscrito al pasar a la clandestinidad. Esa fue la razón por la que se propusieron irse a vivir a otro país. De hecho, estaban a días de marcharse cuando los encontró la muerte. Como ciudadana puedo tener un juicio moral sobre lo que pasó pero como historiadora no. A “escritor” le llegaba a molestar eso, pues decía que yo era incongruente entre mi compromiso con las víctimas y mi aspiración de objetividad académica (la objetividad no existe pero los historiadores la buscamos como si existiese). Muchas veces me dijo que debía tomar un solo camino, que no podía seguir los dos. En su momento no entendía a qué se refería, después me quedó perfectamente claro.

Cuando todo dejó de ser miel sobre ojuelas entre “escritor” y yo
Entre 2004 y 2011 “escritor” y yo tuvimos pocos roces a los que no les di ninguna importancia. En 2005 hicimos un evento relacionado con la “guerra sucia” y me reclamó que yo me sintiera como una experta casi a su nivel, cuando él tenía décadas con el tema. La crítica me dejó helada, nunca pasó por mi mente que creyera que yo competía con él. No era mi intención, pues yo tenía claro que nuestros intereses eran distintos: él era un escritor que gustaba de los reflectores y de cierta cercanía con el poder, pues era un junior de izquierda de una familia reconocida en su ciudad. Yo era una hija de la clase obrera, pasante de licenciatura y nadie me conocía. Si tuviera los recursos emocionales de ahora me habría dado cuenta que “escritor” se sentía inseguro, ya que él no era un historiador profesional.
En 2006 tuvimos otro desencuentro cuando “escritor” invitó a diversas personalidades a ser extras en una película de la que fue guionista, pero al colectivo que habíamos formado, del cual él era el líder moral, nos ignoró por completo. No nos invitó a participar como extras, ni a observar la filmación de la película ni a la alfombra roja. Algo estaba mal, pero yo no pude visualizar en ese momento que el problema no era nadie del colectivo más que yo. Entrar en detalles sobre las razones de mi exclusión en el proyecto de “escritor” me llevaría por un camino que prefiero no revelar, pues aunque él diga cosas soeces sobre mí, yo aún soy capaz de respetar su privacidad por principios éticos elementales.
En 2007 aún creía que ninguna de nuestras diferencias afectaba la relación entre “escritor” y yo. Todo empezó a cambiar a partir de que descubrí ciertas cosas incómodas para él y, entonces sí, sin decir nada, empezó a mirarme con desconfianza. Mi visión de las cosas, por el contrario, era todavía inocente. Para mí “escritor” era un alma gentil, alguien que me había brindado apoyo emocional en momentos muy difíciles y que incluso me había prestado dinero cuando me había quedado atorada en algún viaje. Para los apuros pequeños era muy generoso, aunque nunca lo percibí capaz de un acto de solidaridad mayor. Fue precisamente en un momento muy grave en el que demandé su involucramiento máximo cuando él reculó y yo tuve el coraje de decirle que su actitud me parecía cobarde. Ahí empezó el desmoronamiento estrepitoso de nuestra relación.
En diciembre de 2010 di a conocer los resultados de mi investigación, que incluían un capítulo sobre la ejecución del padre de “escritor” y su pareja. No podía haber actuado de otro modo, pues era información disponible en un archivo público que cualquier historiador profesional podría verificar. De enero a junio escritor no dijo nada al respecto, pues no me había leído, a pesar de que le había hecho llegar mi trabajo. Una “tercera persona,” que se hizo un gran amigo de “escritor” después de que los presenté en 2006, estaba molesto conmigo por cosas que considero nimiedades. No era consciente—y quizá sigo sin serlo—de lo frágil que es la masculinidad de algunos. La “tercera persona” le dijo a “escritor" que yo lo había traicionado con total alevosía por haber establecido que la guerrilla mató a su padre. “Escritor” reaccionó iracundo. En medio de la crisis que tenía nuestro colectivo por un problema sumamente grave, que nos rebasaba por completo, “escritor” decidió no volver a dirigirme la palabra nunca más. No sólo me expulsó de su vida sino que dejó en el limbo a las personas que necesitaban desesperadamente de su intervención. Les mandó algo de dinero y se desentendió del problema. El sólo quería cuidar su imagen y evitar que lo relacionaran con un asunto peligroso. Esto ocurrió la primera semana de julio de 2011. A la fecha sigo pensando que fue un cobarde y que me aborrece por haberle echado en cara su falsedad, manifiesta en muchos niveles.

Epílogo de la ruptura ente “escritor” y yo
Cuando la “tercera persona” me comunicó a fines de julio de 2011 que “escritor” estaba muy enojado conmigo y no quería volver a hablarme no lo creí. Pensaba que a ambos se nos pasaría el enojo mutuo y después podríamos sentarnos a conversar tranquilamente. Incluso le mandé una carta a escritor, pensando que su enojo venía por el tema de su padre (anexo la carta al fin de este post). Sólo ahora me doy cuenta que no, que en realidad herí su autoimagen y eso era un punto sin retorno para un escritor narcisista e inseguro. “Escritor” no sólo no respondió la carta sino que empezó a hablar mal de mí. Dijo que yo me había introducido como una espía en su familia para sacarles información. Objetivamente, su familia no tenía ninguna información que me fuera de utilidad y no había nada que yo hubiera citado en mis escritos, pero él empezó a circular ese rumor descabellado, según el cual yo formaba parte de los policías infiltrados en su entorno. El rumor es tan abyecto y paranoico que “escritor” nunca se ha atrevido a expresarlo públicamente. Siempre ha operado en la sombra, transmitiendo sus calumnias de boca en boca y buscando incondicionalidad en el acto: están con él o con sus enemigos. Lo más ridículo del caso es que “escritor” parezca no detenerse a pensar que sus infundios van a llegar de inmediato a mis oídos por la manera en que funciona nuestra network compartida. Tampoco parece advertir que los herederos de la organización que ejecutó a su padre ya reconocen la autoría de los hechos. El sigue difundiendo su visión familiar como una verdad histórica.
Recientemente alguien me preguntó: ¿por que “escritor” te odia tanto? Al saber de las nuevas mentiras que “escritor” decía sobre mí, sentí una repulsión orgánica. “Escritor” sabe que no soy policía y sin embargo quiere destruir mi credibilidad para que, en caso de salir a la luz a decir todo lo que se de él, se piense que estoy mintiendo (en realidad, nunca me había pasado por la cabeza hablar de él abiertamente, hasta que cruzó la raya). Me siento profundamente decepcionada al comprobar cuál es la verdadera naturaleza de “escritor,” pues no lo creía capaz de tanta bajeza. Es un hombre que proviene de cierta situación privilegiada, quien cree que porque tuvo pérdidas dolorosas lo merece todo, incluso el derecho a cambiar la verdad histórica y difamar a los que no coincidan con él. No le permitiré a “escritor” que use su posición como director de una editorial estatal para desprestigiarme o sabotearme. Es cierto, hay una asimetría moral y de poder muy grande entre él y yo, pero yo soy una académica honesta que desde hace años asumió un compromiso inquebrantable con el derecho de la sociedad mexicana a la verdad, la memoria, la justicia, la reparación integral del daño a las víctimas de la violencia de Estado y las garantías estatales de no repetición. Nadie podrá demostrar nunca lo contrario, aún si arrojasen una tonelada de basura sobre mí.
Lo más ruin de las calumnias de “escritor” es que no se trata de alguien que no me conoce y sólo sospecha de mí por una reacción paranoica defensiva, como me ocurrió con frecuencia hace dieciséis años. “Escritor” era testigo de que yo era una persona de escasos recursos, sabía de las dificultades con las que iba todos los días a sacar información del AGN, estaba perfectamente enterado del seguimiento que tuve por parte de Gobernación y de mi pésima relación con el exagente de la DFS Vicente Capelo. “Escritor” se metió, además, con algo que es casi sagrado para mí, la memoria de Isabel. Nunca le perdonaré que la haya involucrado en su campaña contra mí. Al haber hecho eso “escritor” demostró que es capaz de descender al último peldaño de la inmoralidad con tal de destruir a sus enemigos. A Isabel la quise sinceramente,  “escritor” erró catastróficamente al afirmar que tuve algo que ver con su final. Si pensaba que “escritor” algún día me daría la cara y podríamos debatir civilizadamente, lo que hizo destruyó toda posibilidad de entendimiento.
Por un par de días resonó esa pregunta en mi cabeza, ¿por qué escritor me odia tanto? En los últimos meses han aparecido muchas menciones en los medios al más reciente libro de “escritor.” Lo compré por curiosidad académica pero el contenido me horrorizó. No me aturdieron las decenas de imprecisiones, los saltos temporales, la constante falta de referencias a las fuentes, la mezcla sistemática de ficción y realidad, la falta de estructura o el estilo literario sin ningún pulimiento, como de tallerista novato. Se sobreentiende que es un libro de divulgación, no un libro académico. Lo que me enfureció es que escritor tuviera el descaro de usar anécdotas que yo le conté y documentos que le proporcioné. No sabía que me había visto como una ayudante de investigación informal y sin paga. Evidentemente, no me menciona por ningún lado. “Escritor” cometió un acto de injustificable deshonestidad intelectual. Resultó beneficiario de mi investigación y al mismo tiempo tiene las agallas para difamarme. Aún si no son muchas las referencias a los datos que le proporcioné, lo que “escritor” hizo es éticamente inaceptable y quien valore mínimamente la honestidad intelectual tendrá que advertir esa injusticia. Hasta “tercera persona” tuvo la decencia de incluirme en los agradecimientos de su libro a pesar de que ya había concluido nuestra amistad.
No espero nada de “escritor” ni deseo engancharme en un pleito absurdo que no me beneficiará en nada. Me conformo con exponer mi versión de los hechos para quienes han seguido el tema de forma directa o indirecta. Es todo lo que tengo que decir y, a menos que “escritor” prosiga con sus ataques infundados, no añadiré nada más ni mencionaré su nombre en público ni en privado. “Escritor” no merece nada de mí, ni siquiera desprecio, lástima o indiferencia. No obstante, no me resulta desagradable la idea de que “escritor” sepa que lo considero un traidor y un calumniador a quien nunca podré perdonar por lo que dijo de Isabel, pues con ello resquebrajó todo límite moral.

***
Carta enviada a “escritor” el 2 de agosto de 2011, editada para fines de protección de datos personales:

¿ Cómo se titula un correo de despedida?
“Escritor”:
[Tercera persona] me comentó tu reacción respecto a mi tesis… y lo primero que quiero decirte es que respeto absolutamente la decisión que has tomado de no volver a tener ningún contacto o comunicación conmigo. A reserva de saber que no recibiré respuesta a este correo, quiero aclarar algunas cosas que me lastiman profundamente porque no las considero ciertas y también es mi deseo pedir un perdón humilde y sincero por otras en las que definitivamente me equivoqué…
En principio, lo que más me preocupa es el sentimiento que tienes de que te he traicionado. Pareciera como si yo hubiera hecho algo a tus espaldas, abusando de tu confianza y utilizando ventajosamente las puertas que generosamente me abriste. Jamás nunca fue esa mi intención. Alguna vez nuestra relación fue estrecha y yo te llevé los documentos que a mi juicio probaban la verdad histórica de lo que había pasado con [tu padre, cito evidencia]. Recuerdo que tú me dijiste que tú ibas a manejar tu propia versión porque no te podías desdecir de lo que venías sosteniendo desde hace años.  Por la honestidad intelectual que te caracteriza, jamás sentí que me quisieras dar línea respecto a qué decir o no decir. Por mi parte, yo me sumí en un conflicto moral porque no sabía qué era lo humanamente ético. ¿Dar mi versión? ¿Ocultarla? ¿Tergiversarla? Entre finales de 2003 y 2008 yo no pude resolver este dilemma […].
En el verano-otoño de 2010, en medio de una inmensa depresión por la muerte de mi abuelo, tuve que escribir mi tesis de maestría en menos de cuatro meses, a fin de poder tener acceso a una beca que me iba a garantizar algunos meses más de subsistencia.  Me parece importante señalar lo del tiempo, porque [tercera persona] me cuestiona por qué no te di a leer lo que había escrito. La presión brutal a la que me vi sometida imposibilitó que acudiera contigo o con otras personas para conocer su opinión sobre mi trabajo, así que opté por dárselos a leer después. No fue una maniobra fríamente calculada, no hubo una siniestra intención de apuñalar a nadie ni nada remotamente parecido.  Si hubiera tenido algo que ocultar jamás te habría invitado a mi examen de maestría y menos aún te hubiera mandado la tesis. Y también aclaro que no era mi objetivo publicarla tal y como está, sin antes conocer la opinión de los directamente involucrados.
Desde luego, intuía que mi versión escrita sobre la muerte de [tu padre] sería un punto de fricción entre nosotros, pero no imaginé hasta qué nivel. Quiero decir las cosas con la transparencia brutal que me caracteriza, sin afán de echarle más leña al fuego. Entre 2003 y 2010 estuve recabando cualquier huella, indicio o prueba relacionada con el caso. Reuní evidencias suficientes para sustentar mi versión sobre el asesinato de [tu padre] y opté por no incluirlas todas, a fin de no hacer más dura la revelación. Hay verdades que sanan y verdades que lastiman.  Así, resolví el dilema pensando en qué era lo más justo [… y] llegué a la conclusión de que señalar con toda claridad a los responsables de su ejecución era lo único correcto que podía hacer […].  Aunque nunca he entrevistado a tu tío […] (y a ningún otro miembro de tu familia), estaba en el entendido de que él consideraba que el doble homicidio había sido obra de [la guerrilla]. De esta manera, jamás pasó por mi mente que mi versión pudiera ocasionarle un daño a tu familia.  […] Entiendo las cosas a partir del contexto y no juzgo a nadie.  Recuerdo que cuando le llevé mi tesis… a [señora x], ella me corrió de su casa al leer el nombre de [la pareja de tu padre] entre las mujeres guerrilleras que me habían inspirado. Para ella eran unos traidores y sin embargo a ti nunca te dijo nada de eso.  Es curioso cómo cierta gente se quedó en medio, jugando con dobles discursos.  Para mí eso es imposible y preferí asumir la posición más incómoda, que era a su vez la única que me ponía en paz conmigo misma. [Tercera persona] cree que actué incorrectamente, pero jamás nunca habría podido traicionar mi propia honestidad intelectual.
Finalmente, el punto que me parece más espinoso es el de la confianza. ¿Sientes que me hice tu amiga sólo para utilizarte, para obtener algo que me habría sido tan fácil obtener por otros medios? La sola idea me parece odiosa e injusto el hecho de que en verdad creas eso. Siempre agradeceré que me hayas puesto en contacto con […], que me hayas autorizado a ver el expediente de […] y no se diga que me hayas presentado a tus familiares. Por respeto a ellos ni siquiera los menciono en la tesis. Por lo que hace al contacto con [fuente], lo pude haber obtenido a través de [otras personas], y la información sobre [tus familiares] a través de la ley de acceso a la información. En lo que sí cometí un craso error fue en haber citado una conversación informal entre nosotros como entrevista. Te pido una enorme disculpa y procederé a borrar esa información de inmediato.  Lo que jamás admitiré es que sostengas que me “infiltré” en tu círculo para sacarte información o que yo haya manipulado algo de lo que me hayas dicho en privado. No puedo creer que tengo que escribir esto, pero si he de defenderme en un juicio al que no se me ha dado derecho de réplica, es lo que puedo afirmar con profunda convicción.
En los últimos ocho años he recibido toda suerte de hostigamiento por parte del gobierno y de gente que dice defender los derechos humanos, aunque en realidad vivan para lucrar con el dolor de las víctimas. El único “delito” que admito es buscar la verdad y la justicia a toda costa, asumiendo el costo político y personal de mis hallazgos. Por otra parte, recuerdo que tú me dijiste muy al principio que te causaba escozor mi idea del “compromiso”. Me arrepiento un poco de no haberte hecho caso. No aprendí a tomar distancia y me aferré a que era posible combinar la lucha por la verdad histórica con las necesidades afectivas de las víctimas. Muchos años y golpes después he aprendido que eso no es imposible pero tampoco ocurre muy seguido. Muchas víctimas se seguirán aferrando a verdades terapéuticas, sólo algunas pocas querrán saber una verdad sin tapujos.
He perdido tu amistad y lo lamento hondo, hondo. Sin embargo, mi conciencia se siente muy en paz con [los muertos]…  He aprendido también lo valioso que es el don de la discreción, por lo que no hablaré en lo absoluto de nuestro distanciamiento.  Lo único que te pediría es que si tienes algo más qué reclamarme sea de frente. La espalda me duele demasiado. Cerrar esta etapa implica también mi salida de [nuestra asociación civil]. Estoy cansada de no poder construir nada en colectivo y de detenerme siempre a aclarar rumores y a lidiar con locuras ajenas...  Eso sí, no renunciaré jamás a seguir buscando la verdad y la justicia.
Adela





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martes, 24 de septiembre de 2019

Estampas de las luchas por la memoria (primera parte)

Entre el 17 y el 22 de septiembre se produjo una crisis en la opinión pública desatada por un texto del historiador Pedro Salmerón, director del Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, quien intentó buscar un punto medio entre la trayectoria del empresario Eugenio Garza Sada y la tentativa de secuestro del comando guerrillero de la Liga Comunista 23 de Septiembre que desembocó en la muerte del empresario. Bastó que Salmerón endosara el calificativo de "valientes" a los jóvenes guerrilleros para que la derecha nacional hiciera causa común, promoviendo su linchamiento laboral, virtual e incluso físico. De forma inesperada, el Consejo Coordinador Empresarial, la COPARMEX, Grupo FEMSA, el PAN, congresistas y políticos de diferentes partidos, incluyendo al expresidente Calderón, pidieron su renuncia. Lamentablemente, el frente reaccionario doblegó al gobierno, abriendo uno de los episodios más vergonzosos en cuanto a libertad de expresión se refiere en la era de la llamada "Cuarta Transformación." La descripción de la valentía de los guerrilleros puede producir semejantes efectos porque México es el único país de América Latina que a pesar de haber tenido una guerra de baja intensidad durante la Guerra Fría, ha adolecido de una comisión de la verdad y de una política oficial de memoria, verdad, justicia, reparación del daño a las víctimas y garantías de no repetición. Este atraso imperdonable no representa otra cosa más que el poder monopólico que ha ejercido la derecha para definir la agenda pública sobre la memoria contemporánea, imponiendo mitos como el del empresario con visión social encarnado en la figura de Eugenio Garza Sada y el triunfo de la democracia como obra del PAN, así como la negación de las contribuciones de la izquierda armada a las grandes transformaciones políticas, sociales y culturales del país. Ni en la educación formal ni en los medios de comunicación hay un reconocimiento al hecho de que que si hoy en día podemos votar a partidos que se autodefinen como izquierda o centro-izquierda, si podemos agruparnos en ONGs, comités, ligas y partidos y expresarnos libremente a través de redes sociales, es gracias a la izquierda armada que en 1977 logró sin proponérselo la primera reforma democrática del México postrevolucionario. Asimismo, si  los derechos humanos existen al menos formalmente dentro del marco legal mexicano, es debido a que las madres de los guerrilleros desaparecidos lucharon tenazmente para conseguir la amnistía de 1978. Reforma política y amnistía fueron los grande parteaguas de la democracia mexicana, no el movimiento del '68, utilizado como cortina de humo ideológica para echar un manto de olvido y silencio sobre el movimiento armado socialista ni la mera lucha por la alternancia partidista. Los mexicanos estamos en deuda con los jóvenes que en los sesenta y setenga tomaron las armas para cambiar el régimen y que a cambio fueron torturados, desaparecidos, asesinados, exiliados, presos por años sin derecho a un juicio justo y perseguidos indefinidamente. También estamos en deuda con sus madres, quienes al luchar por sus derechos más elementales arriesgaron su propia integridad para poner límites al terror estatal. No reconocer esas deudas es un acto de mezquindad e ignominia. De ningún modo aplaudo la violencia, hago apología del delito o creo que haya que repetir el trágico experimento de la Liga Comunista 23 de Septiembre y otras organizaciones ultraizquierdistas que ejecutaron y secuestraron empresarios y caciques de forma más o menos sistemática. Lo que sostengo es que hay que reconocer que esa lucha cruenta abonó decisivamente a la construcción del México actual. Porque que no se nos olvide, México es un país que sólo ha cambiado en lo sustancial a partir de grandes confrontaciones armadas. Aplaudir la gesta independentista de 1810, la Guerra de Reforma o la Revolución Mexicana y condenar al movimiento armado socialista de la segunda mitad del siglo XX raya en la mera incongruencia e hipocresía.
Es hora de que México ajuste cuentas con su pasado y que el marco de memoria oficial le haga justicia a las memorias disidentes y a los actores que hasta ahora han sido marginalizados del debate público. Por otra parte, siendo objetivos, el balance no ha sido del todo negativo para los partidarios de esa justicia. 54 años después del comienzo de la guerra sucia con el asalto al cuartel militar de Madera por el Grupo Popular Guerrillero, ha quedado de manifiesto que ni todo el autoritarismo y el terror bastaron para que las nuevas generaciones nos olvidáramos de los jóvenes revolucionarios que dieron su vida para que viviéramos en un mundo mejor del que a ellos les había tocado. Investigadores de diferentes disciplinas, abogados, periodistas, cineastas, artistas plásticos y músicos hemos hecho posible el relevo de la memoria del movimiento armado socialista al recuperarla de viva voz de los militantes y de otras fuentes históricas.
A continuación, presentaré un collage de voces sin edición que, bajo diferentes percepciones y posiciones, desde las moderadas hasta las radicales, han reflexionado en redes sociales sobre lo que significa para ellos la Liga Comunista 23 de Septiembre. Estas generaciones que no habían nacido o eran muy pequeñas cuando ocurrió la llamada "guerra sucia," son la evidencia palpable de que la memoria de las víctimas permanecerá para la posteridad, aún si sigue librando una batalla incansable por su lugar en la historia pública. Esta pequeña muestra evidencia la voluntad por parte de un sector con un alto nivel educativo, de no permitir que la derecha siga destilando impunidad y falsedad. Por supuesto, no basta que este sea el discurso de una élite culta progresista, es menester que esta visión se irradie al resto de la sociedad, empujándola a ejercer su derecho a abrazar una memoria disidente.

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De un texto lleno de elogios al empresario un solo adjetivo a los valientes jóvenes desenmascara de qué esta hecha la memoria nacional y lo frágil de un régimen ante el poder económico.

Noé Pineda, fotógrafo 

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¡Que viva la Liga Comunista 23 de septiembre!
Porque sí eran valientes y mucho más, fueron verdaderamente heroicos. Porque fueron más valientes que muchos de nosotros, porque lo dejaron todo (familia, estudios, trabajo, comodidades, tranquilidad) para ir a jugarse la vida para construir un país mejor, porque enfrentaron con entereza y dignidad una maquinaria asesina que hasta hoy sigue impune. No tomaron las armas por gusto ni por capricho sino porque la represión los orilló a eso y gracias a su lucha heroica hoy podemos hacer política legal y pacífica, gracias a esa lucha se abrieron los cauces electorales que a la larga hicieron posible el triunfo MORENA. AMLO y sus seguidores le deben a la guerrilla mucho más de lo que quieren reconocer.
Que cometieron errores y excesos, claro que sí. ¿Y qué organización, armada o pacífica, clandestina o legal, no los comete? ¿Vamos a esperar a que haya movimientos y organizaciones perfectos para poder reivindicarlos?
La censura moral que pretende imponernos la derecha debe ser rechazada de manera enérgica porque, en primerísimo lugar, la muerte del empresario Sada fue un accidente, nunca fue la intención de los guerrilleros ejecutarlo. Pero, sobre todo, debemos rechazar esa censura moralista que nos quieren imponer porque aquí los únicos asesinos y en masa son los empresarios explotadores, son mil veces más asesinos que cualquier guerrillero cuando pagan salarios de hambre, cuando echan a la calle a los ancianos sin una pensión, cuando contratan niños y niñas y les roban la infancia, cuando despiden mujeres embarazadas, cuando no se hacen cargo de las enfermedades y accidentes de trabajo, cuando rompen huelgas con golpeadores, cuando se asocian con el narco y un larguísimo etcétera. Los guerrilleros eran valientes; en cambio, los empresarios eran y son cobardes porque nunca se manchan las propias manos, siempre delegan la tarea de reprimir en la policía, el ejército o sus matones privados; porque por algunas monedas siempre encuentran quién jale el gatillo por ellos.
Entonces, que no nos chantajeen ni nos hagan sentir vergüenza. Lo digo como es: la vida de un sólo guerrillero vale más que la de todos los empresarios juntos.
No van a impedir que le rindamos homenaje a los nuestros, que les expresemos nuestra admiración y respeto.
¡Viva la Liga Comunista 23 de Septiembre!

Ismael Hernández, maestro

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Las reacciones respecto al calificativo de "valientes" de los jóvenes de la LC23S me tienen atónito. Creo, sin duda, que están enmarcadas en la búsqueda constante de errores de funcionarios que puedan ser "exhibidos" y de ahí extender las conclusiones sobre la actual administración.
Como he dicho desde antier a todos los que me han preguntado mi opinión, estoy seguro que no cualquiera toma la decisión de enfrentar a un Estado como el mexicano de los años setenta. Las diferencias en capacidad de fuego eran abismales y, sin duda, la posibilidad de morir era casi un hecho. El mismo José López Portillo reconoció a los jóvenes guerrilleros en sus memorias:
"Los policías han golpeado muy fuerte a la Liga 23 de Septiembre. Me impresiona el espíritu de sacrificio y disciplina de estos jóvenes dispuestos a matar o morir; que todo lo arriesgan; que todo prescinden y que hemos perdido para nuestra causa. Tienen una mística, que podrá ser morbosa, lo que llamo la pasión de la impotencia. El otro día en algún momento de intimidad, le decía yo a alguien que los jóvenes de la Liga se asombrarían si supieran como los quiero y admiro. Pero tengo que combatirlos, con lo que se arma un cuadro más allá de la novela rusa; el punto de vista del estadista respecto a estos movimientos tan absurdos y descabellados. Tema que algún día trataré en alguna novela que dé este punto de vista del gobernante combatido por la pasión impotente de jóvenes admirables dispuestos al holocausto".
La "valentía" es un atributo que no califica positiva ni negativamente su acción. Describe el arrojo ante una situación extrema en que la vida va de por medio. Si me preguntan, yo estoy seguro que los jóvenes de la Liga eran muy muy valientes.
Por otro lado, los señores políticos y empresarios deberían hacer el mea culpa ante las atrocidades que solaparon. Reivindican la caída de su patriarca pero no piden perdón por el asesinato sistemático de cientos de jóvenes y campesinos durante esos años. Qué gusto que el tema llegué a todos lados. Ojalá haya la oportunidad de escuchar las voces de los que han permanecido en un silencio impuesto por el Estado y a los que sólo unos pocos hemos volteado a escuchar.

César Valdéz, historiador

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Ya es hora de que se hable de la Liga 23 de Septiembre en Nuevo León en algo más que reuniones de compas izquierdosos y/o en monosílabos. A veces pienso que somos el estado que vive en perpetua ironía dramática. Lo comparo a cómo aprendí de todo esto yo.
La primera vez que yo supe qué era la liga fue en una clase de Historiografía Colonial con Oscar Flores en la UDEM. No recuerdo por qué sacó el tema, pero quizás era porque estábamos leyendo exquisitas crónicas de frailes jesuitas y habló de su expulsión de Nuevo León. Comentó que se decía que mi padre, Sócrates Rizzo, perteneció a la liga. Todo mi salón sabía que yo soy hija de él menos él. Sentí como si me hubieran lanzado un brazo del corpus de la historia y creo que he pasado el resto de mi vida tratando de entender de dónde viene y por qué es TAN PINCHES TABÚ ese tramo. Es comprensible defender la memoria de Eugenio Garza Sada, y condenar el secuestro, pero es inmaduro e irresponsable hacerlo sin abordar el contexto que lo hizo blanco de un secuestro. Porque después de ese secuestro, el terror del que fueron blanco lxs miembros de la liga, y todo aquello que se pareciese a la liga, fue exponencialmente peor. Fueron mucho más vulnerables que él.
Y saben por qué lo pienso, también, porque lxs hijxs de empresarixs importantes, o que podrían serlo, no son educados para entenderse dentro de su contexto. Eso les produce niveles de ansiedad y conductas autodestructivas. Pues a lxs más sensibles les falla la burbuja que les quieren crear.
Acto seguido de la UDEM me fui a estudiar a una universidad jesuita en Lovaina. Acto seguido, seguido, estoy trabajando para desentrañar las tácticas de terror que se perfeccionaron para amedrentar a grupos como la Liga 23 de septiembre y cómo poder responder a eso. Chale, si me hubieran contado la historia de la liga bien quizás me hubiera metido a estudiar filosofía medieval, que era lo que realmente quería hacer.
Si, Pedro Salmerón (también acusado de violentador de sus alumnas) cometió un pecado de ceguera intelectual centralista, ojalá que su pifia sirva mínimo para hablar de la evolución de todas las tecnologías de terror que se desarrollaron a partir de la persecución a la Liga 23 de Septiembre. Porque esas nos afectan a todxs en el presente, pensemos que la Liga fue valiente o no.

Cordelia Rizzo, filósofa y activista

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La Casa de la Memoria Indómita amaneció grafiteada ayer. Fue vandalizada la imagen de las compañeras del Comité Eureka, organización encabezada por Rosario Ibarra, que por más de 40 años ha exigido justicia y la presentación de sus familiares sustraídos por las fuerzas del Estado.
Hoy, en un contexto diferente, no podemos considerar que sea un hecho aislado tal agresión material y simbólica; esto es re-sultado de una campaña orquestada desde la derecha rabiosa para amedrentar e imponer su visión de país con empresarios generosos y bienhechores.
Una serie de hechos nos muestran que es una escalada y puede derivar en más agresiones: las campañas desde redes virtuales, la censura que recibió Luciano Concheiro al declarar que había que festejar al comunismo desde México; la campaña de partidos, empresarios e intelectuales de derecha contra el director del Inehrm, Pedro Salmerón, por los adjetivos usados para referirse a los integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Y como parte de esta tendencia de censura e intimidación, el mural vandalizado de la Casa de la Memoria. No son hechos aislados.
Estamos viendo la formación de un bloque “opositor” a lo Bolsonaro, por lo cual es pertinente visibilizar todos estos hechos, pronunciarse contra ellos y cerrar filas. No se está cerrado al debate de ideas, se está en contra de la descalificación, la calumnia y los discursos hegemónicos de la derecha que decide cómo y qué se debe recordar. ¡El silencio nunca más!

Yllich Escamilla Santiago, maestro

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Ojalá los medios de comunicación algún día sean autocríticos con su papel frente a la violencia política de extrema izquierda y la criminal Guerra Sucia que desplegó él Estado mexicano contra cientos de sus opositores.
Lo digo, para que analicen con espíritu crítico su trabajo editorial en donde adjetivos calificativos como robavacas, gavilleros, ladrones, delincuentes, asesinos y muchos etc., aun siguiendo ser endilgados a las insurgencias armadas de hace cuatro o cinco décadas en nuestro país, se revisen.
Para abonar en esa tarea, existe hoy afortunadamente mucha literatura seria que los puede orientar a comprender las acciones y motivaciones que llevaron a centenas de jóvenes mexicanos por el camino de la clandestinidad y las armas. Como también, el criminal papel del gobierno de Luis Echeverría Álvarez.
Con que se acerquen a quienes desde la Historia del Tiempo Presente Mexicano escriben sobre este periódo aún con muchos claroscuros por documentar, podrán ver de otra manera una realidad y una conducta humana que no se explicaba por epítetos como el de vulgar delincuente.
Aún más. Si pretenden comprender la racionalidad de conductas y acciones de un segmento de la sociedad civil radicalizada, no estaría nada mal, acercarse a textos fundamentales como "La Multitud en la historia," de George Rudé.

No se hace Apología de la Violencia.
Pero, la Sociología Histórica o la Historia Social, nos han enseñado que la violencia, el recurso extremo al que apelan en última instancia las clases subalternas, han logrado que las Élites políticas y económicas, hayan tenido que negociar y ceder derechos al resto de segmentos de la sociedad a la que dominan.
Guste o no guste, la violencia de extrema izquierda en nuestro país de los años setenta del siglo XX, es la gran partera de la reforma política de 1978.
El espacio público político nacional paulatinamente comenzó a ser liberalizado debido a la acción de las insurgencias armadas.
Por si los eunucos mentales no comprenden de estos menesteres, los autores de llaman Barrington Moore, Teda Sckopol y Charles Tilly para la sociología histórica.
Desde la historia social, son varios apellidos: Thompson, Hobsbawn, Rudé, Hill.
Y ya metidos en estos temas de la Historiografia, si les queda tiempo, un repaso a los estudios de subalternidad.

Sergio A. Sánchez Parra, historiador

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De una extraña manera me gusta mucho cuando se abren debates públicos sobre la historia reciente (el tiempo presente) en México. Pedro Salmerón, conocido historiador por su militancia morenista, pero también por ser director del INERHM y profesor de la FFyL de la UNAM escribió un texto en un blog sobre el asesinato del empresario Garza Sada en septiembre de 1973. El texto, para quien quiera leerlo es cortísimo. A penas 5 párrafos en los que, en 4 de ellos, Salmerón llena de elogios al empresario asesinado. Por ejemplo:
"Lo estrepitoso y violento de su muerte contrastó con la vida que don Eugenio había llevado: a pesar de su fortuna era un hombre modesto y austero. Después de muerto fue el prototipo del empresario con sentido humano, impulsor de empresas que fueron cabeza del proceso de industrialización nacional: Se le consideraba la cabeza de lo que por décadas se conoció como Grupo Monterrey".
En el último párrafo narra el intento de secuestro y asesinato de Garza Sada quien, según él, "no estaba dispuesto a dejarse secuestrar para alimentar la espiral de violencia". Por lo que sobrevino un enfrentamiento en el que un "un comando de valientes jóvenes de la Liga Comunista 23 de septiembre intentó raptarlo".
Pedro Salmerón es especialista en la Revolución Mexicana, el S. XIX y la primera mitad del S. XX con una fuerte visión positivista de la historia, esa que dice que la historia (sólo) está en los documentos. ¿Qué se le olvidó mencionar a Salmerón en la remembranza del asesinato de Garza Sada?
Qué la Liga Comunista 23 de septiembre surgió en un momento de la historia mexicana donde cualquier organización de izquierda era perseguida a muerte por un régimen que no aceptaba la disidencia o la oposición política, que sus integrantes fueron salvajemente perseguidos, asesinados, torturados y desparecidos por el Estado mexicano, que el Ejército intervino en esos operativos. Qué seguimos preguntando dónde están y qué hicieron con muchos de sus integrantes. Que la política interior mexicana cuenta una historia de terror y complicidades de las que sabemos nada. Y de ahí para adelante.
Que parte de la sociedad mexicana se horrorice porque Salmerón llamó "valientes" a esos militantes sólo refleja todo lo que ignoramos sobre nuestra historia. Toda la memoria que nos falta. Todas las deudas que el Estado tiene con la sociedad. Y, at last but not least, que si la academia y sus integrantes no abren espacios y perspectivas a los jóvenes con nuevas inquietudes y nuevas temáticas, siempre habrá demasiados claroscuros en nuestra historia que no nos permitan transformar nada.

Era M. Arregui, historiadora

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Los camaradas de la Liga Comunista 23 de Septiembre si fueron valientes. Porque al final de cuentas, no es una decisión fácil abandonar tu hogar, tu carrera, tu familia y entregar más que la vida por la causa de la revolución. No es fácil sabiendo que tarde o temprano tendrían que encarar a los torturadores, a quienes los despojaron de toda humanidad y los sometieron a torturas inenarrables e incluso les negarían la posibilidad de tener una sepultura digna.
El surgimiento de esta forma de lucha no se da porque estos jóvenes fuesen irracionalmente violentos, sino que es una consecuencia lógica de un contexto donde el Estado coorporativista mexicano cerró por completo las vías de participación democrática, donde convirtió a los sindicatos en semilleros de votos, donde los opositores eran vistos como traidores a la patria, donde la única respuesta por parte de las instituciones a las demandas populares fueron o la indiferencia o las balas. También se da porque los partidos que debían representar a las clases trabajadoras se empeñaron más en tratar de coexistir pacíficamente con el represor, esperando conquistar el poder desde la urna electoral, ignorando por completo las demandas de sus bases que les exigían acciones contundentes para enfrentarse al autoritarismo del Estado.
Y es grato ver que a la burguesía le incomoda demasiado esta historia, porque por primera vez se sintieron amenazados, vulnerados. Califican de sensible la muerte de Garza Sada pero no les es sensible la muerte de cientos de jóvenes, pues esos mismos grupos empresariales que hoy le siguen llorando al magnate fueron los mismos que, iracundos, solicitaron a Luis Echeverría la eliminación a sangre y fuego de los guerrilleros mediante su reclusión clandestina, tortura, violación, ejecución sumaria y desaparición de los cuerpos.

Colectivo Acero

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También creo que fueron valientes. Se enfrentaron con todo lo que tenían a la mano (que no era mucho, tampoco poco) a todo el poder del Estado y de paso, éste los golpeó de frente. Y por la espalda y los costados. También los electrocutó, los ahogó, los mutiló, los violó, los quemó, los devoró y los arrojó como ofrenda ritual y mensaje criminal cerca de la casa de "Don" Eugenio Garza Sada. Aquel educador cervecero que antes los expulsó del Tec de Monterrey. El mismo filántropo que usó un sistema fotográfico de la policía para identificar a los "malagradecidos" obreros que exigieron mejores condiciones laborales y de paso boletinó para que jamás consiguieran otro trabajo.
Foto: Salvador Corral García, estando desaparecido y antes de ser ejecutado y arrojado cerca de la casa de Garza Sada tres días después.


Rubén Ortiz, historiador





viernes, 14 de diciembre de 2018

Minerva Armendáriz Ponce, recuerdo de una víctima integral de la guerra sucia

Conocí a Minerva Armendáriz Ponce en el 2003, al llegar a la ciudad Chihuahua, después de haber viajado más de veinte horas desde la Ciudad de México en un autobús, como parte de una caravana que se uniría a las conmemoraciones del asalto al cuartel Madera el 23 de septiembre. En Chihuahua nos recibieron con ollas gigantes de discada y frijoles charros. Recuerdo que Minerva era una de las personas que más diligentemente nos daba la bienvenida a los viajeros. Su pequeña estatura y el no usar maquillaje la hacían parecer mucho más joven de lo que era, pero en las pláticas que había escuchado, me había enterado que había sido presa política, que su hermano había sido un guerrillero asesinado en 1968 y que había perdido a un hijo hacía cinco años. Minerva proyectaba una serenidad que hacía difícil imaginar que hubiera pasado por tanto. Derramaba bondad y afabilidad, no había en ella ningún dejo de amargura, resentimiento o enojo con la vida. Minerva se mostró contenta por el hecho de que tanta gente hubiera llegado para participar en el aniversario de Madera y recordó los tiempos en que sólo un puñado de familiares iba al panteón a ponerle flores a los guerrilleros caídos en 1965.

Volví a encontrarme con Minerva en un evento sobre mujeres guerrilleras el 5 de diciembre del 2003. Ella se sentó a mi lado y pudimos conversar un poco. En aquellos meses yo acababa de cambiar mi tema de tesis, había abandonado al Partido Comunista Mexicano y había empezado a estudiar a las Fuerzas de Liberación Nacional. Iba a todos los eventos relacionados con la guerra sucia, mesas redondas, conferencias, encuentros de exmilitantes y de familiares, etc. Eso no fue bien visto por algunos, que circularon el rumor malicioso de que yo podría ser una infiltrada de la policía. El rumor me indignaba, aunque apenas alcanzaba a intuir el nivel de daño emocional de la comunidad de sobrevivientes de la guerra sucia y a comprender sus sobrereacciones de desconfianza o franca paranoia. Algo que agradecí a Minerva es que, en aquel encuentro de mujeres, me hubiera interrogado directamente para forjarse una opinión sobre mí. Me preguntó cuál era mi interés por estudiar la guerra sucia. Le dije que el pasado viaje a Madera había tenido un hondo efecto en mí, que al ver la tumba de Arturo Gámiz, asesinado a la edad que yo tenía (24 años) me había hecho replantearme mi propia utilidad social en este mundo. Quería rescatar la memoria sofocada de aquellos jóvenes cuyo heroísmo había sido tergiversado, silenciado o negado. A Minerva le brillaron los ojos y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Nos mirábamos frente a frente, sin ninguna posibilidad de filtro. Su mirada era penetrante y escrutadora, pero sólo así podía convencerse de la sinceridad de sus interlocutores. En otro encuentro de familiares y víctimas de la guerra sucia en 2005, me preguntó por mis orígenes familiares. Cuando supo que había crecido sin saber quién era mi padre, me dijo: "ah, has pasado tu vida buscando a alguien, por eso proyectas tu búsqueda en los desaparecidos." Fue como un golpe seco y una revelación. Nunca se me había ocurrido conectar ambas cosas, mucho menos asumir que estaba haciendo una "transferencia." Minerva no tenía la intención de incomodarme, ella era así, siempre buscaba explicaciones lógicas a la conducta de sus semejantes y, una vez que las encontraba, podía ser profundamente empática. Después entendí que ese entrenamiento para leer a los otros había sido parte crucial de su estrategia de sobrevivencia.

Madera me jalaba como un imán, regresé ahí en 2004 y 2007. No me atraía sólo por ser el símbolo del comienzo de la lucha armada socialista mexicana o por su lejanía con mis referentes histórico-políticos conocidos. A la distancia, creo que lo que más me llamaba la atención es que una historia tan impactante y con tantas consecuencias hubiera estado oculta por tantos años y que una comunidad que quedó despedazada por el terror estatal no hubiera tenido ningún apoyo ni reconocimiento social, mucho menos justicia. La recuperación de la memoria de Madera fue obra de Carlos Montemayor, de los sobrevivientes del Grupo Popular Guerrillero y los familiares de los caídos en combate, agrupados en el colectivo "Primeros Vientos." Ese tránsito del silencio represivo a la enunciación pública fue fundamental pero no fue suficiente para traerle justicia a las víctimas. Yo quería saber todo lo que fuera posible sobre la guerra sucia para definir cómo podía ayudar a esta comunidad de sobrevivientes a lograr una justicia tan anhelada y pospuesta.

Minerva fue de las pocas que entendió sin explicárselo que mis intenciones eran ajenas a la búsqueda de un beneficio individual. Gente como ella me hacía recordar la frase: "entre gitanos no nos leemos la mano." Por ello, el trato entre nosotras siempre fue cordial y, me atrevería a decir, casi familiar. Minerva nos abrió las puertas de su casa a un grupo de compañeras para que hiciéramos escala en nuestro camino a Madera en 2004 y 2007. Recuerdo que tenía un perrito chihuahueño minúsculo y tembloroso, al que no le hacía ninguna gracia nuestra presencia y no paraba de ladrarnos; su imagen contrastaba con la calidez y hospitalidad de la anfitriona. En esas visitas pude conocer más a fondo a Minerva. En una ocasión nos llevó al restaurante del que era dueña y su esposo nos preparó pescado sarandeado. A Minerva le gustaba mucho contar anécdotas de diferentes momentos de su vida. Después de haber escuchado relatos demoledores, su historia de amor con el cubano, al que había conocida en aquella isla caribeña en los noventa, resultaba un alivio. El tema que por lo general dominaba la conversación era el de su hijo Carlos David. A Minerva le emocionaba compartirnos los recuerdos de él, como una madre orgullosa de haber tenido al hijo más extraordinario. Incluso, nos leyó fragmentos de un libro que estaba escribiendo sobre su caso. A pesar de las circunstancias tan dolorosas en que lo perdió, hablaba de él con una mezcla rara de nostalgia, luto y alegría. En esas conversaciones terminé de entender que la vida de Minerva había rebasado cualquier estándar de normalidad y debía ser leída en el plano de lo excepcional. Sé que hay muchas mujeres que han pasado por cosas terribles, pero por su vida y legado, Minerva puede ser considerada prima inter pares. Sus alas eran más largas y de colores más brillantes; aunque estaban rotas, se mantenían planeando como si estuvieran intactas.

No volví a ver a Minerva después del 26 de septiembre de 2007. En 2008 terminé mi tesis de licenciatura después de cinco años de investigación ininterrumpida, tortuosa, con enormes dificultades financieras y personales. El ritmo de mi vida me fue alejando de las redes de amistad y compañerismo que había tejido durante esos años y me concentré en mis estudios. Seguía teniendo noticias de Minerva por nuestros conocidos en común y por los correos esporádicos que enviaba a sus contactos. Supe cuando tuvo cáncer y se fue a tratar a Cuba. También me enteré cuando falleció su mamá en 2012. Finalmente, me llegó la noticia de que la mujer fortísima, solidaria, risueña, consecuente, que hacía honor a su nombre de diosa romana, falleció de cáncer el 9 de abril del 2013, un mes antes de cumplir 56 años. No pude ir a su funeral en Chihuahua, pero nunca he dejado de lamentar su pérdida. Hubiera deseado darle un último adiós, afectuoso y agradecido y decirle que su historia personal había resonado en mi cabeza todos esos años.

Verla morir de sed junto a la fuente por primera vez
No recuerdo en qué momento de 2003 o 2004 conseguí el libro testimonial de Minerva, "Morir de sed junto a la fuente." Había oído hablar de él a varias personas, así que lo leí con mucha curiosidad. La escritura de Minerva tenía la característica de hacer sentir al lector empático como si hubiera caído una granada cerca de él y hubiera estado lo suficientemente lejos para no sentir la explosión en carne propia, pero lo suficientemente cerca para recibir el impacto de las esquirlas. Su narración contenía capas de dolor acumulado, que al retirarse una a una, producían enormes desgarros. Los episodios que describe Minerva deben ser entendidos a partir de dos ejes. Por un lado, el de la familia tradicional que construye apegos muy fuertes, donde cada miembro se siente responsable por los demás, a diferencia de una familia desarticulada, donde cada quien actúa con total independencia o distancia respecto a los otros. El segundo eje es el político. La familia de Minerva cultivó valores éticos y políticos de izquierda, en un lugar y un momento donde ser comunista era casi una sentencia de muerte (Chihuahua, la guerra fría, los sesenta). No se podía ser de izquierda sin enfrentar la posibilidad de "encierro, entierro o destierro."

La historia política de Minerva empieza con la muerte en combate de su hermano Carlos David el 23 de agosto de 1968. El joven de 17 años era miembro del Grupo Popular Guerrillero "Arturo Gámiz" liderado por Oscar González Eguiarte y murió en la Sierra Tarahumara defendiendo la retirada de sus compañeros, cuando el ejército les dio alcance. Tras una caminata asombrosamente prolongada, los guerrilleros maltrechos, hambrientos y extenuados (Oscar además iba herido y con gangrena) llegaron hasta las inmediaciones de Tesopaco, Sonora, donde fueron capturados y fusilados. El efecto devastador de la pérdida de Carlos definió el futuro de Minerva. En lugar de cerrar el episodio con candado, a sus 12 años la adolescente se propuso continuar la obra de su hermano a través de lecturas y de un paulatino involucramiento político, primero en organizaciones abiertas y, a partir de los 16 años, como militante clandestina del Movimiento de Acción Revolucionaria. En este primer volumen Minerva deja de lado su historia para darle relieve a la biografía de su hermano y a la breve pero intensa actividad del GPGAG. De hecho, su libro fue el primero que intentó reconstruir la ruta de escape de los guerrilleros desde la Alta Sierra Tarahumara hasta Tesopaco. Algo que aprendí con los años es que, a pesar de que la gente en el norte es muy directa y honesta, no hay dos personas que recuerden igual lo que pasó con los llamados "fusilados de Tesopaco." Las versiones son múltiples y contradictorias y Minerva trató de darle forma a algo de ese caos de voces discordantes. Yo había visitado dos veces el lugar donde ocurrieron las ejecuciones en las caravanas por la memoria de 2003 y 2007, pero lo que escuchaba decir a los locales no hacía del todo sentido en mi cabeza. Todavía no lo hace, le faltan muchas piezas al rompecabezas.

Verla morir de sed junto a la fuente por segunda vez
El 11 de septiembre de 2018 tuve la oportunidad de participar en la conmemoración del 50 aniversario del fusilamiento de los guerrilleros del GPGAG en Tesopaco. Fue un evento que reunió, por primera vez, a todas las familias de los caídos, con excepción de la de Arturo Borboa. Se inauguró un mausoleo de estilo sobrio pero a la altura de los homenajeados; se leyó una reconstrucción de los hechos realizada por la familia Scobell Gaytán; hubo un acto de reconocimiento a los locales que se solidarizaron con los jóvenes perseguidos, se hizo la lectura dramatizada de un cuento infantil inspirado en la caída de José Luiz Guzmán Villa; hubo música en vivo a cargo de Nacho Cárdenas y al final una comida colectiva. En general, puedo decir que todos los que entendíamos de qué se trataba todo aquello derramamos muchas lágrimas aquel día. Ganamos esta batalla por la memoria. Los guerrilleros no serán recordados como terroristas, maleantes, gavilleros, alborotadores... no. Se le restituyó la dignidad a su memoria y su lucha. Fueron nombrados hijos dilectos de Tesopaco. Lamenté que Minerva no estuviera ahí para verlo. Ella fue la gran presente ausente. Ese día estuvo a la venta su libro publicado post mortem "Morir de sed junto a la fuente, 30 años después" y pude adquirirlo.

En fechas recientes leí este testimonio. Los temas no me resultaron nuevos, pues ella nos había contado la historia de su hijo a detalle y nos había leído algunos párrafos del borrador. Quizá lo único que no esperaba era el tono tan sombrío de la obra. A pesar de la valoración que la autora hace de su hijo, como una vida que llegó a este mundo para dar grandes lecciones a sus familiares y amigos, no había ahí nada en su relato de lo que uno pudiera agarrarse para no dejarse invadir por el pesar, ninguna luz ni esperanza. Describe Minerva, al enterarse que su hijo Carlos David se había dado un balazo en la frente el 4 de junio de 1998: "...el silencio y la oscuridad total me cubrieron para no abandonarme jamás." Esa sensación priva en cada línea, a pesar de los intentos de la autora por darle cabida a los momentos bellos y buenos, que los hubo.

Si el duelo extremo por el primer Carlos David había definido las elecciones de vida por Minerva, lo que pasó a raíz de su propia detención en octubre de 1973 había quedado fuera de su control. Fue capturada con uno o dos días de embarazo. Fue interrogada en Chihuahua y después en la Ciudad de México. El cigoto de Carlos David empezó a crecer dentro de un cuerpo torturado con toques eléctricos, sometido al terror psicológico constante y a toda clase de humillaciones y vejaciones. Minerva estuvo desaparecida por un par de semanas hasta que la presión del movimiento popular logró su presentación y posterior excarcelación. El hecho de que tuviera 16 años apenas fue impedimento para aminorar la brutalidad de sus captores. Sin minimizar un ápice lo que ella vivió, se sabe que con otras mujeres la sevicia de los represores fue absoluta. Les brincaban en el estómago para hacerlas abortar o las violaban multitudinariamente, por turnos, y cuando se embarazaban, las llevaban a abortar en condiciones deplorables. La misoginia siempre juega un papel preponderante en la represión política. Minerva se salvó de esos tormentos, pero no pudo proteger a su hijo del trauma prenatal. Ni siquiera sabía que estaba embarazada. En la época en que Minerva empezó a investigar para escribir su testimonio se sabía poco sobre el trauma prenatal y el trauma intergeneracional de origen genético. Carlos David combinó ambos en su persona. Nació con un transtorno bipolar afectivo atípico, aunque esto es casi una especulación, pues a decir de Minerva nunca tuvo un diagnóstico 100% certero.

Volví a sentir las esquirlas de las palabras de Minerva sobre mi piel. El dolor cotidiano y abrasante de Carlos David, su perseverancia por conseguir un grado académico, su sensibilidad suprema, su necesidad de ayudar a los demás, su inteligencia de superdotado, sus poemas, nada, nada me podía ser indiferente de la más joven de las víctimas de la guerra sucia mexicana. Carlos era una célula y ya era víctima! Además, el padre biológico de Carlos David, José Luis Martínez Pérez, había sido un guerrillero del MAR asesinado el 9 de abril de 1979. Por ese lado también hubo mucho trauma. El MAR fue una organización perseguida ferozmente por el Estado, con decenas de torturados, presos y asesinados. Desearía que al fin las víctimas de la guerra sucia fueran tomadas en cuenta, que alguien investigara el caso de Carlos David, de cómo le afectó ser hijo de Minerva y José Luis, sobrino de Carlos David, llevar el nombre de éste. Sobre todo, quiero saber exactamente quiénes lo torturaron cuando era apenas un conjunto de células indefensas en el vientre de una chica de 16 años detenida-desaparecida. Carlos David se suicidó a los 24 años, un día después de haber sufrido en carne propia una golpiza a manos de la policía y de ver cómo era golpeado su padre adoptivo. La tortura y el abuso de autoridad marcaron los límites de su vida, de principio a fin.

La obra de Minerva es clave para entender los efectos de la violencia en varias generaciones. Es un llamado a no pasar desapercibidos estos temas. Hay gente que sufre muchísimo, como su hijo, sin poder encontrar una explicación lógica a su dolor. En la medida en que entendamos mejor los traumas prenatales e intergeneracionales, nos obligaremos a invertir más tiempo en buscar su sanación. La preguna central será cómo poner fin a la violencia que nos ha perseguido desde hace tantas décadas y se resiste a dejarnos ir.

No quiero dejar de señalar que me sorprendió que en su testimonio Minerva omitiera decir que la muchacha con problemas de adicción que Carlos David conoció en el psiquiátrico de San Fernando, cuyo caso lo impactó tanto, era Natasha Fuentes Lemus. Minerva era discreta y respetuosa de la privacidad de los demás, jamás hubiera pasado por su mente hacer uso de esa información para llamar la atención o despertar interés en su libro. A mí me lo contó en privado, pero sólo me lo dijo porque para ese entonces Natasha ya había muerto (en 2005 fue encontrada sin vida en el barrio de Tepito, en la Ciudad de México, probablemente por un problema ocasionado por las drogas). Al igual que Carlos, Natasha no tenía un diagnóstico clínico claro, más allá de su adicción a la heroína. Sirvan estas líneas para hacerle justicia a su memoria, pues el silencio en torno a su persona, a pesar de ser hija de un escritor muy reconocido, obedece a una estigmatización e incomprensión generalizada hacia los farmacodependientes. A fin de cuentas, los individuos aislados no existen, todos somos producto de nuestro entorno, de nuestro pasado, de nuestros traumas colectivos, personales e intergeneracionales y no nos queda más que trabajar en ello. Natasha, que injusta ha sido la sociedad contigo y con todos los que han vivido y muerto como tú! No sé si merezcamos su perdón.

Quisiera poderle decir a Minerva que agradezco que, aún después de muerta, nos siga dando lecciones. Creo que le daría un enorme gusto saber que ahora investigo al Grupo Popular Guerrillero "Arturo Gámiz" y al Comando Guerrillero "Oscar González Eguiarte." Sin ella y sin otros "rescatadores" del pasado, esto hubiera sido impensable. Les deseo, a Minerva y a sus Carlos David toda la luz y toda la paz, aun si esto sólo es posible en la memoria de quienes los conocieron.


martes, 25 de julio de 2017

Conversación sobre la FEMOSPP y la memoria histórica, primera parte



       Los académicos tenemos pocas oportunidades para debatir temas fundamentales fuera del estrecho marco que ofrecen los congresos, coloquios y seminarios nacionales e internacionales. Hace algún tiempo, la profesora Aurelia Gómez Unamuno y yo iniciamos una conversación sobre las inquietudes que compartirmos en torno a la guerra sucia mexicana. Estas son algunas de las notas derivadas de nuestros intercambios epistolares. Las hago públicas por considerar que abordamos temas que ya no se discuten en la esfera pública pero sobre los que hay que insistir si aspiramos a sanear la memoria histórica de la sociedad mexicana.
       AGU: Una de las críticas al trabajo desarrollado por la FEMOSPP ha sido el hecho de no haber una periodización más fina y distinciones entre la violencia de estado (ejecuciones, torturas, desapariciones) entre la década de los sesenta a ochenta, llamada guerra sucia y la posterior violencia contra la oposición política, específicamente contra los partidos de izquierda. ¿Cuál es tu apreciación sobre esto y los debates en la historiografía mexicana sobre la periodización de la llamada guerra sucia?
ACC: Voy a contestarte con una divagación necesaria para llegar al núcleo del problema. Respecto al trabajo de la FEMOSPP, lo primero que hay que considerar es que hubo dos equipos encargados de la investigación histórica, el primero dirigido por Ángeles Magdaleno y el segundo por José Sotelo Marbán, quien fue el responsable de elaborar el Informe Histórico a la Sociedad Mexicana "Que no vuelva a suceder!". Ambos equipos fueron integrados al azar, sin ningún reclutamiento riguroso de por medio, así que no contaban con ningún historiador experto en temas de Guerra fría, movimientos armados, derechos humanos o violencia política. (Cabe notar que algunos colaboradores de la FEMOSPP se hicieron especialistas después de trabajar en el informe). El hecho de que Magdaleno no tuviera siquiera la licenciatura terminada es indicativo de la negligencia de las autoridades, aunque el informe afortunadamente fue redactado por el equipo de Sotelo. Magdaleno terminó tomando partido por los represores y acusando al fiscal Ignacio Carrillo Prieto de distorsionar la verdad y fabricar culpables, no sé si lo hizo por dinero o por convicción, pero su falta de preparación y su odio explícito hacia los guerrilleros la convertían en la persona menos calificada para el puesto que tuvo. Sotelo heredó de Magdaleno algo de documentación dispersa, pero no recibió nada por escrito: un reporte, un borrador, un artículo que reflejara el trabajo de su predecesora, nada! La estructura del informe y sus contenidos fueron pues diseñados por el equipo de sociólogos, abogados, exguerrilleros y activistas de derechos humanos convocados por Sotelo. La incorporación de exguerrilleros y activistas era importante para el fiscal Ignacio Carrillo Prieto para darle un barniz de legitimidad al trabajo de la FEMOSPP. Los exguerrilleros, sin duda, eran quienes tenían un conocimiento más profundo sobre el periodo, pero eso no garantizaba que tuvieran el perfil para elaborar un informe de esta naturaleza. El informe requería de expertos imparciales, ajenos a los hechos investigados. En mi opinión, era inevitable que los exguerrilleros jugaran el papel de juez y parte, a pesar de sus buenas intenciones. Previsiblemente, la derecha acusó a la FEMOSPP de ser parcial y tendenciosa por la presencia de los exguerrilleros, pese a que la FEMOSPP como institución realmente nunca tomó partido por las víctimas. Si uno fuera conspiracionista, pensaría que todo esto fue un plan deliberado de la PGR para debilitar la imagen pública de la fiscalía. En resumidas cuentas, encargar un informe histórico a profesionistas no especializados en la materia puede parecer una muestra típica del funcionamiento (o la disfuncionalidad) de las instituciones mexicanas, sin embargo, dada la gravedad de los hechos a investigar, también era un signo inequívoco de la falta de compromiso del Estado con la búsqueda rigurosa de la verdad. Al sostener esto no quiero demeritar el trabajo de los investigadores, que hicieron un gran esfuerzo a pesar de las condiciones adversas que afrontaron, pero el hecho es que el informe presenta múltiples carencias y posee un carácter mixto, ya que oscila entre buscar la verdad histórica y la verdad jurídica. Además, el informe fue saboteado internamente de múltiples maneras, desde la elección arbitraria de los colaboradores, su despido injustificado y la negativa de la PGR a pagar sus sueldos, hasta la censura y tergiversación del documento final. De hecho, cuando me preguntas por el trabajo de la FEMOSPP no sé si te refieres al borrador filtrado a la prensa o al informe que colocó la PGR en su página. El borrador del informe es más conocido porque, a diferencia del informe oficial, se ha mantenido en línea en la página del National Security Archive, sin embargo, su mala factura y el sabotaje del que fue objeto hizo que la severidad de las atrocidades que denunciaba pasara a segundo plano. Fuera del escándalo mediático que duró un par de semanas, el informe pasó desapercibido a su destinatario, que era la sociedad mexicana. En cualquier caso, el informe fue producto de decisiones y desaciertos burocráticos, no el resultado de una comunidad de la memoria que demandara una investigación histórica realizada bajo los estándares más altos de las ciencias sociales. Por tanto, tengo cierta reticencia a juzgar con criterios historiográficos una obra que no puede catalogarse como histórica en estricto sentido.
Otro factor a tomar en cuenta es que cuando el informe estaba en proceso de elaboración, la historiografía sobre la guerra sucia era mínima. No había un acuerdo en torno a la denominación del periodo, algunos exguerrilleros y periodistas defendían el concepto de guerra sucia partiendo de que había habido un conflicto armado interno donde se habían violado las convenciones de Ginebra (entre los que recuerdo estaban Ricardo Rodríguez, José Luis Moreno Borbolla y la revista Proceso). Otros, en cambio, bajo la influencia del caso argentino, rechazaron la idea de que hubiera habido un conflicto entre dos partes beligerantes, se opusieron al concepto de “guerra sucia” por ser el que utilizó el Proceso de Reorganización Nacional y optaron por enfatizar únicamente la violencia de Estado, llamando al periodo “terrorismo de Estado”. De esta manera, parecían obviar  la violencia de los grupos armados. Entre quienes han defendido este concepto se encuentran Alberto López Limón, Claudia Rangel, Evangelina Sánchez y organizaciones de derechos humanos como AFADEM, la fundación Diego Lucero, el Comité Eureka e HIJOS México. Ambos enfoques están basados en distintas interpretaciones del derecho. La primera apela al derecho internacional humanitario y la segunda a los derechos humanos. “Terrorismo de Estado” es una categoría difusa porque las formas extremas de violencia de Estado contra la sociedad civil han sido un fenómeno transversal al siglo XX y lo que va del XXI. Además, el concepto de terrorismo empezó a tener un significado polivalente a partir del 11 de septiembre del 2001 y por tanto muchos académicos prefieren hablar de violencia de Estado o terror estatal. El concepto propuesto por Fritz Glockner de guerra de baja intensidad no ha sido aceptado porque se asocia principalmente con las “proxy wars” de Centroamérica durante la década de los 1980. Idealmente, deberíamos buscar una denominación que escapara al marco jurídico, pues ningún otro conflicto del siglo XX mexicano ha sido nombrado con base en el derecho. Sin embargo, el concepto de guerra sucia se ha consolidado hasta convertirse en una denominación estándar. Me parece que no hay inconveniente si al usarlo resaltamos que, al margen del origen del término y sus implicaciones políticas, hubo una guerra asimétrica y lesiva de los derechos humanos de la población tanto combatiente como civil, distinta a conflictos previos por su carácter profundamente ideológico, la sofisticación que alcanzó la tecnología del terror y la influencia del contexto internacional. Por otra parte, aceptar que hubo un conflicto armado conlleva una periodización más definida. El movimiento armado socialista (MAS) le declaró la guerra al Estado mexicano por primera vez en Chihuahua en 1964, cuando el Grupo Popular Guerrillero comenzó una guerra de guerrillas contra los caciques y las fuerzas de seguridad. Yo nunca incluyo a Rubén Jaramillo como parte del MAS porque tanto su ideología como sus estrategias de lucha eran ajenas a la oleada guerrillera de los sesenta. Entre 1964 y 1978 aparecieron decenas de organizaciones y comandos guerrilleros y los últimos fueron erradicados en el sexenio de José López Portillo, que concluyó en 1982, si bien hubo unos cuantos desaparecidos más hasta 1985, a cargo del Grupo Jaguar. Los grupos armados sobrevivientes (PROCUP, FLN y algunos excomandos de la Liga Comunista 23 de Septiembre) se replegaron y llevaron a cabo acciones armadas esporádicas en la total clandestinidad, de las cuales prácticamente no tenemos conocimiento. No coincido con los autores que dan por terminada la guerra sucia hacia 1978-79 con las leyes de la reforma política y de la amnistía. Me cuesta trabajo pensar en una periodización sobre la guerra sucia que no abarque los sexenios de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo completos. Si incluyésemos la guerra contra las drogas como una extensión de la guerra sucia, podríamos acordar que 1985 sería el mejor año para dar por concluido el conflicto. A partir del asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, y la disolución de la DFS, ambos en 1985, la escena política en México se transformó notablemente.
            Por otra parte, la violencia contra la oposición no armada ha sido también una constante de las elites gobernantes, desde la elite porfirista hasta la elite postrevolucionaria, por eso sería difícil periodizar la violencia contra las organizaciones de la sociedad civil. Durante los ochenta la violencia de Estado tuvo más fluctuaciones, alternando periodos de relativa calma con otros de violencia sistemática, especialmente a raíz del surgimiento del Frente Democrático Nacional en 1988 y del PRD en 1989, lo cual desató una cacería de militantes cardenistas.  La oleada guerrillera de los 1990, protagonizada por el EZLN y el EPR y sus posteriores desprendimientos, desencadenó una guerra de baja intensidad, cuyos efectos son visibles hasta el presente. Una de las falencias de la FEMOSPP y de su equipo histórico es que, al no tener un mandato claro (el nombre de la fiscalía implicaba todos los movimientos sociales del pasado) y al mezclar la dimensión jurídica con la histórica, no se planteó periodizar estos fenómenos.
     AGU: Una de las cuestiones que me parece hemos comentado es la poca visibilidad de la represión del estado y el movimiento armado socialista frente a la memoria del 68. Asimismo revisando el informe de la FEMOSPP y algunos señalamientos de ex combatientes, como lo plantea Gamiño, destaca el mayor peso que tuvo en primera instancia las masacres de Tlatelolco y San Cosme versus los movimientos armados. Esto me parece que fue antes de que se invitaran a algunos excombatientes a participar en la FEMOSPP. Aunque hay una parte del reporte dedicada específicamente al estado de Guerrero, otras masacres y operativos del ejército quedaron soslayados. ¿Cuáles no se abordaron?
ACC: Tengo entendido que el fiscal Ignacio Carrillo en la primera persona que pensó para coordinar el área de investigación histórica fue Sergio Aguayo, pero este rechazó el ofrecimiento y propuso a Ángeles Magdaleno, que había sido su ayudante de investigación para su libro sobre el movimiento estudiantil de 1968. Magdaleno tenía nociones mínimas sobre el ’68 e ignoraba por completo lo que había sido la guerra sucia. Creo que esta es una de las razones por las que al principio se le dio más peso a la investigación tanto histórica como jurídica de las masacres del ’68 y el ’71, pero también había otras razones de contexto. Gracias al activismo del Comité ’68 pro Libertades Democráticas y al papel de los medios de comunicación, la masacre de Tlatelolco fue construida en el imaginario colectivo como el acontecimiento más importante de la guerra fría mexicana. El ’68 se convirtió para el Estado en una especie de marca para delimitar los contornos de la memoria permitida, un hito que podía incorporarse incluso a la historia oficial promovida en los libros de texto. La memoria sobre el ’68 “chilango” fue utilizada para oscurecer o minimizar los otros Tlatelolcos que hubo en el resto de la república. Desafortunadamente, la mayoría de la intelectualidad mexicana con peso en la esfera pública se asienta en la Ciudad de México y ha contribuido a fomentar un enfoque “chilangocéntrico” de la historia, la cultura, las artes, etc. Este sector también contribuyó poderosamente a hacer del ’68 el gran parteaguas de la historia mexicana reciente. No obstante, el verdadero parteaguas fue la lucha armada: fue ésta la que transformó al sistema político, la que obligó al Estado a admitir que la izquierda participara en los procesos electorales y a decretar una amnistía a los presos políticos. El movimiento estudiantil del ’68 no logró nada parecido y no es acertado que se le considere como el gran catalizador de la democratización del país, a menos que se tome en serio la apertura echeverrista, como hacen algunos académicos. La lucha por la democracia y los derechos políticos no fue inaugurada por el movimiento estudiantil sesentayochero, éste fue uno más de los movimientos de masas obreros, campesinos, estudiantiles y populares que emergieron desde la década de 1950, dando lugar a ciclos de protesta recurrentes. La manera despiadada con la que el Estado acabó con la protesta estudiantil el 2 de octubre no tuvo que ver con la peligrosidad del movimiento sino con las Olimpiadas, sin ese factor, el gobierno probablemente hubiera seguido el mismo patrón represivo que aplicó contra los ferrocarrileros en 1959, persiguiendo y encarcelando a miles de activistas y matando a unos cuantos, no cometiendo una carnicería publica y masiva. No hago un llamado a negar la importancia del movimiento estudiantil de masas del ’68, pero nos ha hecho falta ponerlo en perspectiva y entender su justa dimensión en el contexto nacional.
Sin escatimar los logros de las luchas sociales, me parece que la lucha armada fue la que tuvo un impacto más profundo en la transformación del Estado y del régimen político. Al informe histórico le hubiera venido bien descentralizar la importancia de las masacres en la Ciudad de México y visibilizar la violencia estatal en el resto del país, especialmente en el campo. Desafortunadamente, el informe contribuyó a impulsar la narrativa de que los tres eventos más importantes del periodo fueron Tlatelolco, Corpus Christi y la guerra sucia en Guerrero. Recuerdo que la parte de la historia de las organizaciones armadas me pareció la mejor lograda del informe, aunque está un poco desconectada de los otros capítulos que presentan información desorganizada y repetitiva sobre las violaciones a los derechos humanos en Guerrero. Al estudiar la guerra sucia en estados como Nuevo León, Jalisco, Chihuahua, Sinaloa y Sonora y la violencia política en estados con una alta densidad de población indígena, como Michoacán, Puebla, Oaxaca y Chiapas, he caído en la cuenta de que si bien es cierto que Guerrero tuvo el mayor número de víctimas fatales, los efectos de la contrainsurgencia no fueron menos brutales en los estados mencionados. Los estados del norte y el noroeste prácticamente se quedaron sin izquierda porque la izquierda armada fue exterminada y la izquierda democrática perseguida, arrinconada y cooptada. En el caso de las comunidades indígenas, las masacres, los asesinatos u otros episodios de violencia extrema han sido escasamente documentados y han sido atribuidos a “pugnas interétnicas”. Ahí el factor del racismo institucional ha operado fuertemente, cuando pareciera que debería ser lo contrario: que los indígenas recibieran más atención por ser una población más vulnerable y susceptible a ser violentada y discriminada. En algunas regiones la iglesia católica fue la única que llevó un registro de las atrocidades. Esperemos que si algún día hay una comisión de la verdad en México ésta de más visibilidad a los acontecimientos de esos estados y evite dar la impresión de que la violencia contrainsurgente sólo debe tomarse en cuenta cuando implica una alta tasa de homicidios. El enfoque cuantitativo le ha hecho daño al estudio de estos temas, deformando nuestra comprensión sobre la violencia estatal.
Por otra parte, es interesante observar que a comienzos de la década del 2000 la guerra contra las drogas de los años 1970 era un tema prácticamente desconocido, por lo que las violaciones masivas a los derechos humanos de las comunidades campesinas acusadas de cultivar drogas en diferentes estados de la república nunca fueron investigadas. Indudablemente, estos hechos fueron parte de la llamada guerra sucia, pues a esta población civil se le dio el mismo trato que a los llamados “subversivos”. Contra guerrilleros y campesinos cultivadores de drogas se emplearon los mismos métodos: la tortura, la ejecución extrajudicial, la desaparición forzada, los juicios irregulares y los vuelos de la muerte. La narcoguerra actual es hija de la guerra sucia.
      AGU: Asimismo tengo la impresión que el informe de la FEMOSPP si bien provee información importante, el análisis quedó un poco corto en el sentido de que aunque hay reportes detallados con referencias al archivo revisado y testimonios, parecería un listado de las atrocidades y ciertos retazos de reportes, informes y declaraciones de algunas autoridades pero no una elaboración amplia que vuelva comprensible las implicaciones de la información encontrada. ¿Es esta una apreciación errónea? ¿Es esto perdile mucho a la función de una CV o en este caso la FEMOSPP? ¿O ese análisis posterior le corresponde a los académicos? ¿Es parte del tipo de historiografía en México, detallada, pero regionalista y desconectada de un todo?
ACC: Considero que tu apreciación es correcta. La ausencia de una perspectiva histórica bien definida en el informe se hizo notable en la falta de una periodización adecuada, la vaguedad del contexto histórico y la incoherencia de los capítulos, que hizo que el informe se asemejara más a un catálogo de crímenes de Estado que al reporte de una comisión de esclarecimiento histórico. Además de los problemas que ya he mencionado en relación con los redactores del informe y el autosabotaje interno,  el problema central de la FEMOSPP fue la ambigüedad con la que operó. Su mandato era estrictamente jurídico, pero para satisfacer a los partidarios de una comisión de la verdad, al fiscal Carrillo Prieto se le ocurrió que se tenía que elaborar un informe histórico, para el que propuso el desafortunado título de “libro blanco”. Fue un desatino porque con la creación de un equipo improvisado que terminó elaborando un informe mal hecho se restó fuerza a la demanda de crear una comisión de la verdad específicamente orientada a investigar la guerra sucia y el destino de los desaparecidos. Si te fijas es una demanda que ha quedado soterrada. Con todos sus problemas internos de negligencia y corrupción, sumados al hecho de que para el presidente Vicente Fox la FEMOSPP no era sino un peón más del ajedrez político que jugaba con el PRI,  esta oficina no fue capaz de encontrar ni la verdad jurídica ni la verdad histórica. El informe de algún modo refleja todas las limitaciones del contexto en el que fue creado, e insisto, no se puede responsabilizar de esto solamente a los investigadores, quienes me consta que actuaron de buena fue (varios eran desempleados y aceptaron el trabajo a pesar de que la paga no era estable). Fueron los burócratas los que sabotearon el proceso de la búsqueda de verdad y justicia, por dentro y por fuera.  El caso del equipo histórico de la FEMOSPP revela que en realidad, sin transición democrática, no es posible ajustar cuentas con el pasado. Sin voluntad política verdadera, un equipo de esclarecimiento histórico o una comisión de la verdad no puede ser sino un instrumento de simulación del Estado para limpiar su imagen. La única transición democrática que puedo imaginar es una donde el PRI no sea la principal fuerza política del país y se pueda integrar libremente una comisión de la verdad que siga no sólo los estándares más altos del derecho internacional de los derechos humanos sino también los del rigor académico. Si algo nos enseñó el fracaso de la FEMOSPP es que una  comisión de la verdad en México debería crear dos equipos: uno dedicado a investigar la historia de periodos de gran violencia estatal, integrado por historiadores, y otro que tuviera un enfoque cuantitativo, dedicado a contabilizar a las víctimas y el tipo de violaciones a los derechos humanos, que podría ser un equipo multidisciplinario de sociólogos, abogados, etc. Mezclar ambos tipos de investigación sería un desacierto, pues el hecho de que no haya cifras espectaculares provoca la falsa imagen de que la guerra sucia mexicana fue menos importante que cualquier conflicto armado de la época en América Latina.
AGU: En la dinámica entre los discursos oficiales sobre la memoria o estatización de la memoria (partidos políticos, comisiones especiales, CNDH, reportes, FEMOSPP, memorial de Tlatelolco -estela y el CCT-, memorial de desaparecidos) y las prácticas y marcas de memoria como los recorridos, homenajes, escraches, performance y textos testimoniales, parecerían ir en la más de las ocasiones en sentidos contrarios, aunque por momentos también hay un traslape entre iniciativas sociales e iniciativas del Estado. ¿Tienes un comentario sobre esto?
ACC: Rebecca Atencio, en su obra Memory’s Turn: Reckoning with Dictatorship in Brazil intentó teorizar los ciclos de producción de memoria para explicar las interacciones entre la producción cultural y las iniciativas estatales. A veces la producción cultural alusiva a los periodos de violencia estatal tiene tal impacto en la esfera pública que propicia alguna iniciativa gubernamental, ya sea en el ámbito jurídico o en el cultural. Recuerdo que algo así pasó con el debate suscitado por el filme Rojo Amanecer de Jorge Fons. Cuándo nos íbamos a imaginar que la propia Televisa iba a recibir autorización para proyectarla en sus canales abiertos cada 2 de octubre? Con la guerra sucia desgraciadamente no ha habido un producto cultural que haya tenido un amplio efecto social. Recuerdo que cuando se estrenó la obra de teatro del grupo Lagartijas Tiradas al Sol, El rumor del incendio, en 2013 se volvió a hablar de la guerra sucia en los medios, pero la conversación no trascendió el ámbito de la elite culta de la Ciudad de México. Cuando yo empecé a investigar la guerra sucia en 2003 aún era un tema tabú, agradezco que ahora sea un tema que se puede estudiar con más libertad, excepto por la censura y las limitaciones de acceso a los documentos, sin embargo, de ningún modo se ganó la batalla cultural. Si bien es cierto que las nuevas generaciones ya no ven a los guerrilleros de los setenta como delincuentes y terroristas, actualmente hay una aceptación y normalización de las prácticas de tortura y desaparición forzada de personas que ha sido resultado, entre otras cosas, de la ausencia de un sector de la sociedad civil que se dedicara a promover fuertemente la memoria de las víctimas y a condenar las prácticas de terror de la guerra sucia. En México medio mundo sabe quién es Rosario Ibarra pero casi nadie sabe quiénes fueron los desaparecidos, a qué se dedicaban, por qué los desaparecieron, o por qué se introdujeron prácticas como la tortura moderna y la desaparición forzada. A diferencia de Argentina, Chile y otros países latinoamericanos, en México los comités de familiares de desaparecidos no pudieron cumplir con esa función educativa, pues en muchos casos sus miembros fueron directa o indirectamente cooptados por el Estado, al integrarse a los partidos políticos, saltar de los comités a puestos gubernamentales o recibir dinero de servidores públicos de manera informal.  No sólo los comités fallaron, lo poco que se ha hecho en el terreno cultural para recuperar la memoria de la guerra sucia (películas, novelas, obras de teatro, exposiciones, etc.) ha sido muy marginal o ha tenido escasa trascendencia. Sin ninguna investigación de por medio, la intelectualidad de derecha e izquierda decretó que no era un tema importante. En los medios de comunicación nunca existió tal episodio. De todos los conflictos del siglo XX mexicano, la guerra sucia fue la principal víctima del silencio informativo. Es como si nunca hubiera existido y, sin embargo, es el evento clave para entender por qué actualmente México está sumergido en una violencia sociopolítica devastadora.
Creo que por las mismas razones los esfuerzos por estatizar la memoria han fracasado. De qué sirve que el Estado quiera apropiarse de una memoria histórica de la que la sociedad mexicana no es muy conciente? Las pocas iniciativas estatales han obedecido a la presión de los grupos de derechos humanos pero no han promovido el debate público, por eso son simples medidas cosméticas para que el gobierno sostenga que ya cumplió con su tarea en ese rubro. A mí no me extraña la pésima relación que tienen los mexicanos con la memoria de hechos traumáticos. Somos un país que fue capaz de olvidar a los dos millones de muertos de la revolución mexicana. Memorializamos y sacralizamos a los caudillos, pero nos olvidamos de las víctimas anónimas, ese ha sido nuestro patrón. Con la guerra sucia pasó lo mismo, recordamos a Lucio Cabañas, a Genaro Vázquez, a Arturo Gámiz, pero olvidamos a las miles de víctimas. Con ese umbral extremo de olvido, creo que tenemos la capacidad de olvidar lo que sea.